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Mirar en serio y caer en la cuenta

Aunque no soy muy partidaria de aniversarios y eventos, creo que el 2 de abril sigue siendo necesario como momento ya no tanto de reivindicación sino de reflexión. Entre tanta publicación de literatura gráfica, tanto pensamiento curricular, tanto didactismo encubierto camuflado detrás de valores o emociones, merece la pena tomarse un tiempo para pensar sobre el lector infantil y lo que el mediador le ofrece. Quizá así tenga sentido celebrar esta fecha vinculada al nacimiento de Hans C. Andersen, uno de los grandes autores de la literatura infantil que conviene no olvidar.

No hace demasiado tiempo se publicaba en España Lo más parecido a la vida (Taurus, 2016) de James Wood, una obra sobre “nuestro amor a los libros”, así reza el subtítulo. Uno de los capítulos de esta obra se titula: “Mirar en serio y caer en la cuenta”. Lo que allí expone el autor me ha interesado:

“Igual que la mejor literatura nos demanda que miremos con más atención, nos demanda que participemos en la transformación del tema por medio de la metáfora y de la imaginería”.

Parece que esto es lo que se solicita de la gran literatura, la que leen los adultos, y, sin embargo, esto es lo que demanda la literatura infantil de los mediadores, nada más o nada menos: mirar en serio y caer en la cuenta en el detalle que las más de las veces implica la metáfora como eje de construcción. Solo así, si miramos en serio, si analizamos la presencia del detalle, adquiere sentido el conocidísimo viaje de Max en Donde viven los monstruos, ese Max que se convierte en un monstruo –atención al detalle del disfraz: Max es un niño disfrazado de monstruo, no un monstruo- porque hacía “travesuras de una clase y de otra”, hasta enfadar a su madre quien lo llama “MONSTRUO” y Max se rebela : “TE VOY A COMER” y recibe el tradicional castigo de ser enviado “a la cama sin cenar”. Comienza en ese momento el viaje de Max, un viaje presidido por la luna que se contempla a través de la ventana -atención al detalle una vez más: la luna y el paso del tiempo…- Los monstruos, esos monstruos enormes con ojos amarillos y formas redondeadas que bailan a través de las páginas son tan contradictorios en su esencia como la relación entre Max y su madre, rebeldía, furia, huida, necesidad de devorar, amor incondicional…

 

 

 

 

 

 

 

 

Y, entre tanto sentimiento encontrado, como encontradas son las emociones y los afectos, aparece el gran tema del libro y quizá el tema por excelencia de la literatura infantil: “Y Max, el rey de todos los monstruos, se sintió solo y quería estar donde alguien lo quisiera más que a nadie”. Entonces “desde el otro lado del mundo le envolvió un olor a comida rica”, una comida –atención al detalle…- que vuelve a definirse como sustento del alma, como la mayor muestra de afecto de la madre respecto al hijo. El alimento, la comida, tan importante en la obra de Sendak cuando de afectos se trata -no en vano el autor era partícipe de la cultura judía- es otro de los detalles que hay que mirar en serio porque Max, por ese olor que entra por los sentidos y se ancla en la memoria, decide regresar a esa “misma noche de su habitación donde su cena lo estaba esperando” y comienza de este modo a abandonar su traje de monstruo -atención, una vez más al detalle- y, lo que todavía resulta más significativo, la cena “todavía estaba caliente”. Qué mejor metáfora para definir el amor en esencia contradictorio. Ya no son necesarias las imágenes, basta la desnudez de la palabra sobre un fondo blanco para aislar la solemnidad de los afectos y la ausente presencia de la madre que se convierte en protagonista de la historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

Maurice Sendak (http://www.imaginaria.com.ar/2012/05/maurice-sendak-1928-2012/) estuvo en su obra muy atento al detalle, a la metáfora como suerte de contar, entre la retórica y la poética. “Metaforizar bien es percibir lo semejante” decía Aristóteles, entre la imagen y la palabra, sin costuras en el discurso.

Se pregunta James Wood:

“¿Qué hacen los escritores cuando miran en serio y caen en la cuenta?” y así responde: “quizá nada más y nada menos que rescatar las cosas, traerlas de la muerte (…) Me refiero con esto último, a lo que se va desvaneciendo, a los detalles que pierden fuerza a medida que nos alejamos de ellos: los recuerdos de la infancia, la intensidad casi olvidada de ciertos sabores, olores y texturas. La lenta muerte que negociamos con el mundo al dejar que nuestra atención se duerma”.

Conviene, por tanto, mirar en serio los libros infantiles, conviene estar atento al detalle para satisfacer lo que las obras nos demandan, la transformación del tema a través de la metáfora. Solo así seremos capaces de comprender y valorar lo que la literatura aporta a la infancia: una dosis tremenda de realidad, aunque parezca paradójico, pero así se teje la construcción retórica de la existencia cuando la gran literatura nos enseña a andar por la realidad, a reconocer lo que sentimos, porque, como decía James Wood los libros son “lo más parecido a la vida”. Desde la infancia, no lo olvidemos.

Rosa Tabernero Sala
Directora del Máster propio en Lectura, libros y lectores infantiles y juveniles.

 

Ilustraciones de Maurice Sendak, Donde viven los monstruos. (Trad., A. Gervás). Pontevedra: Kalandraka. 2014

 

 

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