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Un año más, a pesar de todo, vuelve a ser 2 de abril,  aniversario del nacimiento de Hans Christian Andersen, día Internacional del Libro Infantil. Un año más –los aniversarios están para eso- conviene volver la mirada sobre la literatura infantil y sobre su importancia en el desarrollo de la sociedad del mañana. Hoy, sin embargo, urge centrarse en el presente. Hace ya un tiempo, Marc Soriano alertaba sobre la complejidad de lo que, a priori, puede parecer simple. Un libro infantil, recordaba, no puede limitarse a un texto con unas imágenes sino que debe remitirse de inmediato a su contexto, al mundo adulto cuyas exigencias  y contradicciones expresa, a los conflictos entre grupos sociales,  a los vínculos entre la ideología dominante y la de los dominados, a la situación jurídica y económica de los niños de uno u otro grupo social, a la “imagen oficial de niño” que imprime cada sociedad, en definitiva.

Milne y E.H. Shepard. Winnie the Pooh. (Valdemar, 2009)

Sendak, Donde viven los monstruos (Kalandraka, 2014)

En este momento, inmersos en una cultura digital en la que el ruido de las redes sociales requiere un tanto de serenidad,  se impone realizar un elogio del libro como objeto. Siempre tras la estela de Bruno Munari, y recuperando la experiencia de la infancia, esta fecha tan amarga podría servir para recuperar la esencia de los libros infantiles, una esencia que tiene que ver con el olor del papel, el ritmo del paso de página, la contemplación de las imágenes, la historia inmutable, el mundo posible, que comienza cuando el lector abre el libro y termina cuando lo cierra, el objeto –el juguete- al que el niño se aferra porque proporciona  la seguridad de lo que siempre está ahí y en el mismo orden, y, pase lo que pase, seguirá estando y acumulando experiencias de lectura y sensaciones que la memoria va fijando con el paso del tiempo. Un libro en la infancia siempre conserva algo de teatro de papel, un escenario en el que los personajes viven y por el que el lector se puede pasear sin miedo, contemplándolos, viviendo con ellos.

Lobel Búho en casa (Ekaré, 2015)

Hoy más que nunca, entre tanta pantalla de recursos interactivos, entre tanta oralidad virtual,  hay que recordar que los niños necesitan el papel, el contacto físico con el objeto porque, como decía María Bonnafé, ellos “leen con las manos” y se apropian de las historias, de los personajes y de su universo, a través del juego con las texturas. En este 2 de abril de 2020, entre móviles, tablets, twitter, facebook, instagram, no estaría de más que todos los niños tuvieran muy cerca un libro en el que refugiarse, un libro para abrir y cerrar y mirar una y otra vez, un libro para manosear, rayar, por qué no, un libro para observar personajes, paisajes, colores, un libro para detener el tiempo, para perderse en sus hojas, para curar la impaciencia, para sentirse a salvo. Porque los libros infantiles, ante todo, son lugares hospitalarios.

Rosa Tabernero Sala

Nota: Este texto ha sido publicado por el Diario del Alto Aragón

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